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La Muerte en el Pueblo: El encubrimiento en el lado oscuro de la Luna

AP Photo/Barry Thumma

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La Muerte en el Pueblo: El encubrimiento en el lado oscuro de la Luna

En diciembre de 1981, la muerte asaltó un pequeño pueblo en El Salvador. El hierro de la muerte fue levantado por un batallón entrenado en Estados Unidos y cayó sobre más de mil civiles, incluyendo muchos niños. Hoy en día El Mozote es conocido como la peor masacre en América Latina en tiempos modernos —por muchos años cerrada en nubes políticos y rayado por cubiertos conscientes.

El papel jugado por Estados Unidos en El Mozote en diciembre 1981 ha sido tema de debate constante —pero ahora, se arroja nueva luz sobre la participación de la administración del presidente Ronald Reagan.

“El Mozote es un misterio que se puede descascararse como una cebolla, capa tras capa, y a pesar de años de revelaciones, aún se puede esconder más secretos debajo”, explica Mark Danner—reportero y autor de “La Massacre de El Mozote”—a Revista Global.

EL SALVADOR Julio de 1969. Hay una guerra entre El Salvador y Honduras. El factor desencadenante fueron dos partidos decisivos de clasificación para la Copa Mundial de fútbol en México en 1970. Dos partidos empapados de violencia y provocaciones.

La guerra de cien horas fue conocido como “La Guerra del Fútbol”—pero el principal núcleo del conflicto entre los dos países no fue encontrado en la cancha, ​​más bien en las oligarquías de los países, y su concentración sobre tierra, acceso a los cuartos de poder político, de donde gobiernos recurrentes abusaron campesinos sin tierra.

Sin embargo, en el verano de 1969, los ojos del público global no estaban apuntado a Centroamérica y su guerra en curso entre El Salvador y Honduras—sino, los ojos fueron atraídos hacia el cielo.

Allí, en ruta hacia el vecino más cercano de la Tierra, flotó el Módulo Lunar Apolo, que transportaba a tres astronautas estadounidenses a la Luna.

Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins iban a tener éxito con la misión Apolo 11 y colocar las primeras huellas humanas en la superficie lunar. Un logro bastante impresionante que incrustó el mundo que habían dejado atrás con febril anticipación.

La misión Apolo 11 no fue ni la primera ni la última vez que los intereses estadounidenses eclipsaron desarrollos dramáticos de Centroamérica. A unos 384.000 kilómetros del primer paso lunar de Neil Armstrong, “La Guerra del fútbol” terminó con 6.000 muertes y 50.000 desplazados y ningún cambio de la posición de las fronteras entre El Salvador y Honduras. 

La última cena

El 1 de diciembre de 1980, las misioneras católicas Jean Donovan y Dorothy Kazel cenaron con el embajador Robert White en la embajada de Estados Unidos en San Salvador. Trabajaban y residían en el campo, y todos los que estaban sentados para cenar esta noche—tanto diplomáticos como misioneros—temían las consecuencias de los planes de Ronald Reagan, el presidente electo de los Estados Unidos, que hubo prometido relaciones fortalecidas entre Washington y la junta militar salvadoreña—justo cuando había estallado la guerra civil.

Entonces, toque de queda nocturno gobernó en San Salvador y Kazel y Donovan pasaron la noche en la embajada americana. Al día siguiente, las misioneras fueron al aeropuerto a recoger a dos compañeras—las hermanas Maryknoll Maura Clarke e Ita Ford—que habían participado en una conferencia en Nicaragua.

El avión llegó a las nueve de la noche y las misioneras luego se dirigieron hacia el oeste en una camioneta Toyota blanca—hacia La Libertad por la costa Pacifica. La carretera del aeropuerto internacional de San Salvador estaba desierta. Estaba oscuro. Las estaban seguidas. Fueron obligados a detenerse. Ellas “desaparecieron”.

“No sabíamos nada”

Judith Noone es antropóloga y hermana de Maryknoll. Ha residido y trabajado en Guatemala desde 1985. En diciembre de 1980—cuando llegaron los primeros despachos inquietantes de El Salvador—Sra. Noone estaba en Nueva York y acababa de regresar de Bolivia, donde ayudó a trabajadores migrantes y dirigió un programa de alfabetización.

“Yo recuerdo, sobre todo, la ansiedad—todo fue tan incierto”, Judith Noone explica a Revista Global.

Sra. Noone era amiga de las hermanas Maryknoll—Maura Clarke e Ita Ford—y ya sabía, como todos que conocían El Salvador en esta época triste, que la persona que “desapareció” en muchos casos fue encontrado muerte.

“Nadie lo sabía nada, no hubo comunicación como hoy en día—hubo mucha confusión”, dice Judith Noone.

Todas las noches, los empleados de la oficina de Nueva York de las Hermanas Maryknoll se reunían alrededor de la televisión durante las noches, esperaban algunas actualizaciones sobre las desaparecidas.

“Luego, después de unos días, todo quedó al fondo del asesinato de John Lennon”, recuerda Judith Noone.

La muerte en el camino

Los cuerpos de las cuatro mujeres fueron sacados de tumbas poco profundas, cerca del aeropuerto internacional de San Salvador el 4 de diciembre. Un testigo de todo—conjunto con una horda de reporteros, ciudadanos y militares—fue el embajador de Estados Unidos, Robert White.

Las cuatro misioneras habían sido violados y torturados antes de ser ejecutados a quemarropa.

En retrospectiva—como lo presentó el periodista Raymond Bonner en su libro “Debilidad y engaño: la guerra sucia de Estados Unidos y El Salvador”—Sr. White parecía haber decidido allí y entonces, al lado de la carretera en el calor y rodeado por un amanecer y una guerra brutal. Iba a abrir la puerta para el mundo exterior que todavía no entendió el alcance de terror cometido por parte del ejército salvadoreño.

Sr. White y personas de la embajada americana hablaron con ciudadanos de pueblos cercanos. Varios testigos dijeron que habían escuchado los gritos desesperados de las misioneras y otros hablaron de presencia militar—todos en miedo por represalias del ejercito.

El cambio de la Casa Blanca

Las muertes de las cuatro ciudadanas estadounidenses provocaron un alboroto político en Washington—justo cuando Ronald Reagan estaba a punto de reemplazar al presidente demócrata saliente Jimmy Carter en la Oficina Oval. 

Durante la campaña presidencial, Centroamérica había disfrutado de un lugar bajo el sol de los medios.

Ahora Jeane Kirkpatrick, asesora de política exterior y embajadora americana de las Naciones Unidas entre 1981 y 1985, insistió que las mujeres asesinadas “no eran solo monjas”.

“También eran activistas políticos”, dijo Sra. Kirkpatrick, es decir que las mujeres estaban trabajando por la guerrilla del Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el FMLN. Cuando se recibió la pregunta si el gobierno salvadoreño había estado involucrado Sra. Kirkpatrick respondió: 

“La respuesta es inequívoca. No, no creo que el gobierno fuera responsable”, dijo al Tampa Tribune.

Judith Noone aún recuerda la imagen políticamente motivada y sórdida de la administración Reagan de las misioneras estadounidenses como simpatizantes de la guerrilla.

“Pues claro—ellas vivían con los pobres”, explica Sra. Noone. “Siempre estuvieron ahí, no solo del lado de los pobres, vivieran con ellos. Su constancia, no solo ponerse del lado ideológico de los pobres.”

No hay ninguna prueba que las misioneras tenían algunas conexiones organizadas con los rebeldes. Aunque, a principios de la década de 1980—cuando El Salvador estaba gobernado por una junta militar de derecha acérrima—su trabajo misionero en áreas pobres se calificó como un acto revolucionario. Un precio alto por cual muchos salvadoreños afiliados a la iglesia pagaron con sus vidas. 

Entre ellos fue el arzobispo metropolitano Óscar Romero, quien fue asesinado por un francotirador en marzo de 1980, mientras decía misa.

Y al igual que el arzobispo, los misioneros estadounidenses asesinados simpatizaban con las esperanzas de las masas pobres salvadoreñas de salir de una trinchera rodeadas de la mayor desesperación.

“Se ponen en peligro, seguro”, dice Judith Noone. “Corrieron muchos riesgos cuando transportaron refugiados en Chalatenango.”

“Cuida de ellos”

Después de los asesinatos, Carl Gettinger—un diplomático subalterno de la Embajada de Estados Unidos en San Salvador—comenzó a investigar el caso. A través de una fuente militar de alto rango, obtuvo información que resultó vergonzosa para la junta salvadoreña y los siguientes gobiernos de derecha, así como para la Casa Blanca.

Cinco hombres de la Guardia Nacional habían recibido el orden de colocar barricadas cerca del aeropuerto y luego vestirse en ropa civil y, después, “cuidar a las mujeres.”

La información—y las profesiones de los sospechosos— no fue bien recibida en Washington, donde el Congreso condicionó cualquier ayuda económica y militar prolongada a El Salvador a una investigación progresiva por asesinato. 

Pero a pesar de los sospechosos dados—aunque aún no fueron condenados—las verdaderas preguntas aún flotaban en el aire: ¿Quién ordenó y pagó por los asesinatos? ¿Y quién participó en el encubrimiento?

Una investigación es “una ilusión”

Cuando el embajador americano Robert White viajó a Washington para participar en la inauguración presidencial de Ronald Reagan en enero de 1981, se reunió con el nuevo secretario de Estado, Alexander Haig. Sr. Haig quería que el embajador americano de El Salvador se escribiera un informe que “confirmó el progreso del ejército salvadoreño en la investigación del asesinato de las cuatro misioneras estadounidenses”.

“Bueno, Sr. secretario”—le dijo White a Haig, citado más tarde en el libro por Raymond Bonner—“eso no sería posible porque los militares salvadoreños mataron a esas mujeres, y la idea de que iban a investigar sus propios crímenes es, simplemente, una ilusión.”

A pesar de la segunda orden de Sr. Haig para el informe, Sr. White se mantuvo su posición y se negó a participar en el encubrimiento—y poco después fue despedido como embajador en El Salvador y posteriormente prohibido en el futuro servicio exterior estadounidense. 

Con Robert White fuera del camino, Deane Hinton fue instalado como nuevo embajador, y luego de una campaña de presión política sobre el gobierno salvadoreño, los cinco hombres de la Guardia Nacional fueron acusados ​​y sentenciados a 30 años de prisión en mayo de 1984.

Aún así, estaba claro que el ejército salvadoreño había estado involucrado en la atrocidad. Sin embargo, importaba poco, ya que el Congreso estadounidense expandió rápidamente su ayuda militar a El Salvador—el día después de los veredictos.

Los jubilados de Miami

La Comisión de la Verdad de la ONU en El Salvador de 1993 declaró que varios poderosos del gobierno estuvieron involucrados en encubrimientos en las atrocidades más notorias durante la guerra civil. Entre ellos se encuentran los asesinatos de los misioneros y la masacre de El Mozote en diciembre de 1981.

Entonces, en los 1990s, algunos salvadoreños prominentes—entre ellos el exsecretario de Defensa, José Guillermo García, y el exjefe de la Guardia Nacional, Carlos Vides Casanova—estaban disfrutando sus vidas como jubilados cerca de las playas de Florida.

No fue hasta el 2004—y después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001—que los dos prominentes generales salvadoreños fueron deportados de Estados Unidos.

“El general Vides ciertamente siente que ha sido hasta cierto punto traicionado por el gobierno de Estados Unidos, dado todo lo que hizo por su país, que estaba alineado con los intereses vitales de Estados Unidos”, dijo Diego Handel, representante legal de Vides Casanova, a Retro Reports, publicado en 2014.

Una actitud con la que Robert White, hasta cierto punto, entiende:

“Hay algo un poco injusto en castigar a las marionetas y dejar que el organillero siga su camino alegre”, dijo White en el mismo reportaje de 2014.

“Operación encubrimiento”

En diciembre de 1981—un año después de la muerte de las misioneras estadounidenses—ocurrió la masacre en El Mozote. 

Una atrocidad que llamó la atención del mundo gracias a los informes de Raymond Bonner en nombre del New York Times y al ídem de Alma Guillermoprieto para el Washington Post.

El relato exclusivo del testigo por Rufina Amaya, la única sobreviviente de la masacre se convirtió en metralla en los planes de la administración Reagan para profundizar los lazos en Centroamérica, al tiempo que frenó la voluntad del Congreso de los Estados Unidos de aprobar una mayor ayuda a la junta militar salvadoreña. Por lo tanto, el personal de la embajada de Estados Unidos en San Salvador se dirigió a los remansos del departamento de Morazán para una mayor investigación.

“El principal objetivo político en ese momento era lograr que se aprobara la certificación. Desde el punto de vista de la Embajada, la guerrilla intentaba hacernos quedar lo más mal posible. Querían cerrar todo el asunto”, explicó Todd Greentree—un reportero subalterno de la embajada de Estados Unidos en ese momento—al periodista Mark Danner, en su libro “La masacre en El Mozote.”

El ejército salvadoreño no aplaudió la llegada del personal de la embajada americana a la zona de guerra—en un momento en que el Batallón Atlacatl y otras unidades militares estaban en pleno apogeo con la “Operación Rescate,” un esfuerzo para limpiar la región de “guerrilla simpáticos.”

Sin embargo, Sr. Greentree y sus colegas no recibieron permiso para ingresar a El Mozote. En cambio, basaron sus conclusiones en testimonios de personas en campos de refugiados temporales. Hombres y mujeres entrevistados ante la presencia permanente del personal militar salvadoreño. 

Todo en un ambiente inquietante, tanto entre los lugareños como entre los soldados, y recordaba a la guerra de Vietnam.

“Quiero decir, hablas con un soldado que cree que ha participado en una operación heroica, y con un soldado latino, quiero decir, nunca podrías callarle. Pero estos soldados no dirían nada. Había algo allí,” explicó Sr. Greentree.

Un acto de equilibrio

Para los salvadoreños, y especialmente los campesinos que residen en zonas de guerra como los departamentos de Morazán y Chalatenango, la vida se mantuvo firme durante la guerra civil. Era fundamental mantener una buena relación tanto con la guerrilla como con los militares. 

Para mantener su casa, sus terrenos y para seguir con vida, nunca fue una cuestión de negar ninguna persona de ningún lado del conflicto una taza de café o un plato de pollo y un poco de maíz.

Para la administración del presidente Reagan, por otro lado, era esencial negar cualquier conocimiento de la masacre de El Mozote mientras se exageraban los peligros a largo plazo de los movimientos de izquierda para asegurar el apoyo continuo del Congreso. El principal argumento de la Casa Blanca contra una masacre iniciada por los militares en diciembre de 1981 se basó en los datos de población de la propia aldea: ¿Cómo podían morir hasta mil personas en un lugar donde solo vivían trescientas?

“Las mentiras tuvieron éxito, la ayuda siguió fluyendo ya los rebeldes salvadoreños se les negó la victoria,” explica Mark Danner—periodista y autor de “La masacre en El Mozote”—a Revista Global.

Eliott Abrams—el republicano que dirigió la investigación del Comité del Senado de Estados Unidos sobre la participación estadounidense en El Salvador y en El Mozote—sostuvo que la guerrilla había “publicado” la información sobre la “presunta masacre” solo para interrumpir la relación de la junta militar con Washington en una hora delicada.

Este fue el momento de encubrimientos y mentiras deliberadas. Pero la semilla del encubrimiento que rodea a El Mozote fue simplemente el resultado del cultivo de mentiras con motivaciones políticas que se completaron muchos años antes. Lejos de El Salvador—en otro continente, en otra guerra.

De My Lai a “abrigos”

El 12 de noviembre de 1969, el reportero de investigación Seymour Hersh reveló que los soldados estadounidenses habían asesinado brutalmente entre 300 y 500 vietnamitas civiles en lo que de pronto fue conocido como la “Masacre de My Lai.” Una atrocidad que cambió la opinión pública mundial contra la presencia estadounidense en Vietnam, y la guerra en general.

Hasta entonces, los reportajes sobre la guerra de Vietnam habían sido demasiado desnudos y cercanos. Demasiado cierto. Después de la guerra, el Pentágono y el Departamento de Defensa afirmaron que la clave para futuros “reportajes positivos” en tiempos de guerra se encontraba en restricciones del acceso de los reporteros a las zonas de batalla.

“El personal de asuntos públicos preparaba folletos sobre lo sucedido, y los oficiales, llamados” cuidadores, acompañaban a los corresponsales para supervisar sus movimientos y la información que recibían,” escribió el reportero Andrew Pearson, que cubrió la guerra de Vietnam en 1963, en un artículo de opinión para el New York Times en 2018.

Los reporteros Raymond Bonner y Alma Guillermoprieto nunca informaron sobre la guerra civil salvadoreña desde los techos de los hoteles en San Salvador. Su información fue desnuda, íntima y—luego confirmado—creíble sobre la masacre en El Mozote. Es por eso por lo que la administración de Reagan y los medios leales—sobre todos, el Wall Street Journal—que calificaron sus reportajes como “siguiendo un estilo de reportaje de la guerra de Vietnam” en el que “las fuentes comunistas recibieron mayor credibilidad que el gobierno de los Estados Unidos o el gobierno que era apoyando.”

Aunque a pesar de cientos de miles de muertes y miles de millones de dólares en ayuda militar a dictaduras y milicias paramilitares, la presencia de Estados Unidos en Centroamérica nunca se acercó al tsunami de críticas que se tragó a las administraciones americanos de Lyndon Johnson y Richard Nixon durante la Guerra de Vietnam.

“Somos iguales”

Estados Unidos llegó a Vietnam, como se prometió, para asegurar la democracia y defender los derechos humanos contra los déspotas. En la milicia paramilitar anticomunista nicaragüense, Contras, el presidente Reagan vio a los “iguales morales de nuestros fundadores.”

“Cuando el Congreso controlado por los demócratas se enteró de que la CIA estaba colocando minas explosivas en los puertos de Nicaragua a principios de 1984, votó para prohibir la ayuda militar a los Contras”, escribió el reportero Jonathan M. Katz en un articulo para Mother Jones.

La “Ley Boland” paralizó ninguna mayor asistencia financiera y militar a Contras. El principal financiamiento del Contras fue el tráfico ilegal de drogas—una manera de funcionar que convirtió al movimiento contrarrevolucionario nicaragüense en enemigo del programa americano “La Guerra contra las Drogas.”

Un programa político que anualmente cuesta a los contribuyentes estadounidenses miles de millones de dólares.

A pesar de las guerras costosas contra las drogas, los dobles raseros políticos y las prohibiciones legales, el asesor de seguridad del presidente Reagan, Robert “Bud” McFarlane, se propuso encontrar formas alternativas de patrocinar a los Contras. 

McFarlane encontró su propia Ruta de la Seda ilegal, que conducía a Irán, mientras el teniente coronel Oliver North viajaba hacia el sur para visitar a los Contras en su campamento base a lo largo de la Costa de los Mosquitos de Honduras. North aseguró, personalmente, que los anticomunistas aún tenían el apoyo de Estados Unidos en su búsqueda para derrocar al gobierno sandinista.

“El escandalo Irán-Contra”

El Nudo Gordiano de la administración Reagan se cortó en el Medio Oriente. Siete estadounidenses fueron tomados como rehenes por Hezbollah en el Líbano. “Bud” McFarlane aseguró su liberación con envíos de armas a la dictadura en Teherán, que en ese momento estaba en guerra con el Irak de Saddam Hussein.

Un acuerdo que viola tanto la ley estadounidense como la promesa del prometido del presidente de “no negociar nunca con terroristas”.

El acuerdo de armas por rehenes equivalía a 70 millones de dólares (en la moneda actual) y fue divulgado en 1986 por el diario libanés Al-Shiraa. Una primicia inmediatamente desmerecida por Reagan, pero que pronto resultó en una investigación federal. Una investigación que mostró que más de la mitad de los 70 millones de dólares obtenidos con la venta de armas habían sido transferidos ilegalmente a los Contras.

“A mediados de la década, quedó muy claro que la política estadounidense estaba ahogando en sangre a Nicaragua”, escribió Jonathan M. Katz.

El cambio de marea

George H.W. Bush, vicepresidente de Reagan y luego presidente entre 1989 y 1993, perdonó a todos los involucrados en el asunto ilegal, desde entonces llamado “el escandalo Irán-Contra”.

En los 1990s, la marea había cambiado en Centroamérica. En Nicaragua, la financiación estadounidense de los Contras y la CIA inició los bombardeos de los puertos nicaragüenses finalmente dio sus frutos: la revolución sandinista se murió después de años de guerra, bancarrotas y—como antes de la revolución popular—enterrado de pobreza. 

En El Salvador, la guerrilla del FMLN y el gobierno viajaron al norte, a México, para iniciar conversaciones de paz.

Judith Noone—la hermana de Maryknoll y amiga de dos de las misioneras estadounidenses asesinadas—fue testigo del desarrollo gradual de la verdad de El Salvador y la verdad de las turbias operaciones de Estados Unidos en Centroamérica en su conjunto.

“Los asesinatos de las mujeres de la iglesia fueron algo así como un relámpago de un momento. Que algo así podría pasar”, explica Sra. Noone a Revista Global.

En 1981, Judith Noone publicó “El mismo destino que los pobres”—un lamento literario de las vidas y esfuerzos sociales de las misioneras asesinadas en América Latina. Un proceso de escritura que la acercó aún más a las misioneras, y una experiencia que la hizo darse cuenta de los vastos riesgos que corrían en su labor social—una postura ideológica del lado de los pobres que eventualmente demandó el pagamento con sus vidas.

Como cientos de miles de personas en El Salvador y Centroamérica, eran peones simples, sacrificados cuando fueron consideraban obstruyendo el camino de jugadores más poderosos en el tablero geopolítico.

“Me siento que todavía hay algo de confusión detrás de todo esto hoy”, dice Sra. Noone.

“Un misterio con muchas capas”

Rufina Amaya—quien sobrevivió la masacre de El Mozote en diciembre de 1981—regresó a El Salvador en 1990. En la aldea desolada, el humo de las casas quemadas y los cuerpos carbonizados había disminuido. Cientos y cientos de niños, mujeres, hombres y ancianos ejecutados seguían enterrados en fosas comunes. Solo el viento viajaba libre en El Mozote.

“Para ella, lo más triste fue recordar la muerte de sus hijos, que había perdido a sus hijos y no podía hacer nada” explicó Marta Maritza Amaya—la única hija sobreviviente de Rufina Amaya—para Latino Rebels en 2018.

Sra. Amaya no estaba presente en El Mozote al día de la masacre y se le ganó asilo en Estados Unidos en 2018—debido a amenazas contra su vida. Y también las vidas de su familia y la memoria y el trabajo de asegurar la verdad de la masacre de El Mozote.

“Había visto gente siguiéndome y tomando fotos en el trabajo. Pero un día, cuando estaba embarazada de mi hija a principios de 2017, un hombre se subió al autobús conmigo, se sentó a mi lado y me amenazó en persona”, dijo Sra. Amaya.

Si el trabajo con el sitio conmemorativo de la masacre y el museo en El Mozote no se detenía, ella moriría—explicó el mensajero armado. Cuarenta años después de la masacre, los caballeros del encubrimiento permanecen en pleno apogeo para esgrimir sus espadas contra la verdad horrible y necesario. 

“Lo que me sorprendió más después de años de informar sobre El Mozote fue la forma en que el misterio puede descascararse como una cebolla, capa tras capa, y a pesar de años de revelaciones, aún se puede esconder más secretos debajo”, explica Mark Danner—reportero y autor de “La Massacre de El Mozote”—a Revista Global.

La tercera, y última, parte de “La Muerte en el Pueblo” —“La resurrección de la verdad”— será publicada de pronto. También leía la primera parte —“Los testigos de El Mozote”.

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